sábado, 3 de julio de 2010

A los cuatro vientos




A LOS CUATRO VIENTOS es la reflexión vertebrada y coherente, pero jamás monotemática, de cinco poetas que vienen del Sur y del Norte, con punto de encuentro en el Centro, en sus cafés y glorietas, donde la nieve se disponía en pozos para el sosiego canicular. A LOS CUATRO VIENTOS es un aire melancólico y al tiempo vigoroso de quienes han dejado atrás la mitad del camino de la vida, envueltos en peripecias poéticas para el acero y la seda. A LOS CUATRO VIENTOS quiere ser un canto abierto, dirigido hacia todos los caminos, como enmienda a quienes piensan que la poesía es un jardín prohibido. A LOS CUATRO VIENTOS ordena y desordena, en modo riguroso y aun metódico, pero nada autoritario, cinco poéticas diferentes, conscientemente dispersas, tanto como ese cabello que “el viento mueve, esparce y desordena”. El cabello según Garcilaso; así, de esta manera. A LOS CUATRO VIENTOS son cinco modos de querer y de escribir diferentes, que se proyectan extasiados hacia todas las latitudes pues de ellas vienen, convencidos sus autores de que nada es de nadie y todo es de todos. La poesía, también. A LOS CUATRO VIENTOS es un inicio de un comienzo de estrategia, que seguirá ampliándose. Dirigido a todas las latitudes. Empujado por el propio batir de los remos de sus componentes. Tan imprevisibles como una orquesta de jazz cuando la tarde empieza a tomar formas nocturnas en las glorietas de los pozos de nieve. A LOS CUATRO VIENTOS. Sí. (Vicente Araguas)


A los cuatro vientos
Autores: Vicente Araguas, José Ignacio Cadenas, Antonio Polo, Juan Antonio Cadenas y Limam Boicha
Editorial: Ariadna R-C. Los libros de Ariadna
Año de publicación: Junio de 2010
Número de páginas: 124
Idioma: Español
Precio: 12 €

Ciudad de barro y sal

No puedo seguir ajeno al polvo,
ni al catarro,
ni al invierno
que asola esta ciudad
de barro y sal,
sal viva,
fobia nuestra,
que por fobia nos intoxica.



Limam Boicha (visto por el mismo). Podía haber nacido en un año hermoso, con nombre poético, por ejemplo: "El Año de la lluvia de estrellas" o "El Año del parto de abejas". Pero no, ese privilegio, sólo le correspondió a mis antepasados, padres, y dos de mis hermanos. Alguien, se le ocurrió abortar la nomenclatura de los años, según nuestra mitología, la mitología saharaui. Por tanto, cuando despunté del vientre de mi madre, los años ya eran cifras, tristes cifras, y me estamparon: 1973. No sé el día, ni el mes. Según mi madre, fue en julio o agosto. El acontecimiento ocurrió accidentalmente en la ciudad mauritana de Atar. Digo accidentalmente, porque mi madre, estando enferma, fue del Sáhara a esos famosos oasis para reponerse. Y allí nací, en una choza africana, bajo una enorme sombra protectora de palmeras, cargadas de apetitosos dátiles. Pero la serenidad de los oasis de Adrar duró muy poco, al igual que la paz en la Badía. Nadie de la familia se percató, de que ella venía. De que se arrastró en silencio como una sonámbula semilla, y sin previo aviso irrumpió, la guerra. No era una guerra extraña y lejana. Era la "nuestra", y había que sobrevivir de cualquier manera. La guerra contra Marruecos y Mauritania. Con ella sobrevino el difícil éxodo, y esa larga estación de exilio, que todavía dura.
Ya no tenía importancia, para mi familia, que el otoño sea una estación ambigua o mediocre, o que la lluvia de ese otoño, "Puede mojar el cuerno de una gacela, y el otro, ni siquiera tocarlo". Ya no tenía importancia, que los vientos del sur, son augurio de lluvia. Las nubes, el pasto, ya no tenían importancia. Ahora, sólo importaba huir, buscar refugio y sobrevivir.
El largo exilio resultó para mí, y los de mi generación, una sucesión de estaciones, para estudiar y formarnos. Para mi padre, y los demás hombres,
el combate, las batallas, y para mi madre, y las demás mujeres, levantar del milagro del adobe, escuelas y hospitales. Mi primera estación fue un internado, el "9 de junio". Volvíamos al finalizar el curso escolar a ver la familia. Con las enormes carencias de los primeros años, los veranos de la Hamada, eran de una crueldad insólita. No había -como ahora- "Vacaciones en paz". Nuestras vacaciones, eran en estado de guerra. La amenaza de los bombardeos marroquiés, era siempre una noticia inminente. Con nueve años me marché con un grupo de alrededor de quinientos niños y niñas a Cuba para estudiar. Era el año 1982. Cuba fue una estación agradable y hermosa, llena de energía y bondad y pecados. Allí contemplé por vez primera, montañas pobladas de árboles, me adentré y conocí los bosques, las selvas vírgenes. Vislumbré una infinidad de vivos colores, y probé sabrosas frutas extrañas. Descubrí la exuberante belleza de la caribeña.
El caribe y el desierto, esa extraña, dulce e inusual mezcla, es el fuego que corre ya por mis venas. Después de doce años, me licencié en Periodismo, en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba. Y retorné al Sahara, a los Campamentos de Refugiados, en el sur de Argelia. El cambio fue brusco, impactante. Pero me impactó más, la rutina diaria, conocer mi familia, y ese raro sentimiento de encontrarme forastero en mi propio hogar. Me costó meses recuperar los años de incomunicación, de ausencia.
Como licenciado aporté mi granito de arena, mi ilusión al proyecto común. Trabajé varios años en la Radio Nacional Saharaui, hasta que decidí que podía ser más útil, a mi familia y a mi pueblo estando en España. Actualmente resido y trabajo en Barcelona, y el Sahara está más presente que nunca en mi corazón. Entre mis ojos revoltea la anhelada esperanza, de que la próxima estación sea, el mar de nuestra auténtica frontera.



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